La escritura es un medio de registro y transmisión de un conocimiento. Concebida de ese modo, se desconoce su capacidad epistémica, esto es, que escribir es un proceso a través del cual se organiza lo que se sabe con el fin de pensar sobre aquello acerca de lo que se escribe.
Ninguno de nosotros, los que escribimos, para quienes la escritura constituye una práctica más o menos asidua, ignoramos que escribir un texto académico es mucho más que convertir las experiencias orales en escritura; que traducir en palabras una propuesta, una hipótesis o una experiencia didáctica desde un determinado marco teórico. Y lo es en tanto no implica describir el itinerario de un saber que ha sido alcanzado, sino trazarlo: se traza el itinerario de un conocimiento que, precisamente, se construye sobre todo a medida que se escribe.
De allí que podemos afirmar que un texto nace en los márgenes de otro texto, como la huella que da cuenta de un recorrido de lectura. Huella de un lector que asocia, relaciona, indaga, interpreta y se apropia de un sentido.
Proponemos, entonces, una escritura académica que ensaye sobre un saber y alentamos al escritor a que asuma el doble desafío de problematizar su escritura cada vez que escribe y su lectura cada vez que lee.